Cuidar del corazón no es solo una cuestión de genética o edad, sino también de hábitos. Hoy en día, cada vez hay más evidencia científica que demuestra que nuestro estilo de vida impacta directamente en el riesgo de sufrir un infarto. Entre los factores que más preocupan a los especialistas se encuentran el sedentarismo, el consumo de tabaco y el estrés crónico, tres hábitos que, cuando se combinan, pueden disparar el peligro de forma alarmante.
Nueve factores de riesgo que sí puedes cambiar
Durante años, numerosos estudios han analizado las causas detrás de los infartos de miocardio, y uno de los más relevantes —con datos de más de 27.000 personas de diferentes países— llegó a una conclusión clara: más del 90% de los infartos se explican por nueve factores de riesgo, todos ellos modificables.
Entre estos factores se encuentran:
- Colesterol elevado o desequilibrado
- Hipertensión arterial
- Diabetes tipo 2
- Obesidad
- Consumo excesivo de alcohol
- Estrés crónico
- Tabaquismo
- Sedentarismo
- Alimentación poco saludable
Lo relevante aquí es que todos estos factores pueden prevenirse o controlarse con cambios sostenibles en el estilo de vida. Una alimentación equilibrada, la práctica regular de ejercicio físico y el abandono de hábitos nocivos como el tabaco pueden marcar una diferencia real.
Como destacan los expertos en cardiología, mantener niveles adecuados de colesterol, controlar la presión arterial y mantener un peso saludable no solo ayuda a reducir el riesgo de infarto, sino que mejora la calidad de vida general. Pequeñas decisiones diarias —como caminar 30 minutos, evitar los ultraprocesados o priorizar el descanso— son inversiones directas en tu salud cardiovascular.
Fumar y vivir con estrés: los grandes enemigos silenciosos para el corazón
El tabaco sigue siendo uno de los mayores peligros para el corazón. Aunque es bien sabido que fumar daña gravemente la salud, su impacto en la salud cardiovascular a veces se subestima. Se estima que el hábito de fumar contribuye a más del 30% del riesgo de infarto en hombres, y también representa un riesgo significativo en mujeres. Además, no existe un nivel seguro de exposición al humo del tabaco; incluso los fumadores ocasionales o los fumadores pasivos están en riesgo.
Por otro lado, el estrés crónico —ese que se arrastra día tras día, sin descanso— se ha consolidado como un factor de riesgo cardiovascular clave. Aunque a veces se considera una consecuencia inevitable del ritmo de vida actual, su efecto en el sistema cardiovascular es potente: puede aumentar la presión arterial, alterar el ritmo cardíaco y contribuir al desarrollo de placas en las arterias.
Y si a esto se le suma la presencia de hipertensión o colesterol elevado, el impacto del estrés se amplifica aún más. La combinación de varios factores de riesgo potencia el peligro, por lo que no basta con abordar un solo hábito: es necesario adoptar una visión integral de la salud.
En definitiva, tu corazón no es ajeno a tus decisiones diarias. Evitar el sedentarismo, dejar el tabaco y aprender a manejar el estrés no son solo consejos generales de salud, sino acciones concretas que pueden salvar vidas. La buena noticia es que cada pequeño cambio suma, y nunca es tarde para empezar.
